martes, 5 de mayo de 2015

LA DICTADURA DE LA INCOMPETENCIA

    Vivimos en un mundo absurdo en el que los niñatos aborregados recorren el mundo a costa de sus padres, lanzándose a las piscinas desde los balcones de los hoteles, bebiéndose hasta el agua de los floreros y quejándose de lo injusto que es, que la policía opresora los eche a altas horas de la madrugada de las calles dónde estaban tan a gusto vomitando, consumiendo drogas, destrozando el mobiliario urbano, incrementando la contaminación acústica o simplemente, durmiendo la mona (afrenta grave). Un mundo en que aquellos que conforman los ayuntamientos, contratan a los ineptos de sus colegas, inventándose cargos absurdos y organizando pseudo-actividades cobradas a precio de oro, y que en ocasiones sólo generan molestias al ciudadano, que además de sufrir los estragos de las macro discotecas móviles, tienen que sufragar los gastos de limpieza y reparación de los destrozos generados. Un mundo dónde la televisión es la nueva ETT donde a nadie le importa un pimiento tu CV, porque si lloras por la tele, hacen un llamamiento y te colocan en menos de cinco minutos, aunque no sepas hacer la "o" con un canuto. Así los empresarios quedan como benefactores de la humanidad y las cadenas ni te cuento. Un mundo en el que el mero hecho de que aparezca la palabra sexual en la portada de un libro hace que sus ventas se disparen, aunque se trate de una simple errata y dónde impera la cultura del quejío. Donde la mayor aspiración de jóvenes y no tan jóvenes es participar en un reality show esperpéntico y salir llorando para dar pena que es lo que está de moda, lo triste es que como el que llora en la tele hay cien mil, pero ya se sabe, el que no llora no mama.
   Vivimos en una miseria humana globalizada donde en vez de ser tan organizados como los alemanes o los japoneses, tan limpios como los franceses, tan civilizados como los nórdicos, tan trabajadores como los chinos y disfrutar tanto de la vida como los mediterráneos, bebemos tanto como los alemanes o los nórdicos, somos tan vagos como los mediterráneos, tan sucios como los chinos, tan egocéntricos como los franceses y estamos tan estresados como los japoneses. 

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